Expresando·Sentires

La mujer de mi vida

Se ha convertido en una mujer sabia,

que ha encontrado respuestas en su vivir diario.

A pesar de su acochambrada educación,

ha abierto el camino a cientos y miles de posibilidades distintas;

dispuesta a cambiar, a mirarse,

a crecer a través de la consciencia.

 

Ha temido, ha sufrido, sin embargo, nunca pensó en rendirse.

Sus batallas las ha peleado sin armadura, no lleva alguna;

va por la vida con la ingenuidad y su risa como las mejores armas.

 

Aquí la llamo mi Madre,

pero supongo que en otro tiempo

fuimos grandes amigas y compañeras de aventuras incontables.

 

Decir que la amo es decir poco.

Ella es mi guía.

Una luz que permanece encendida incluso en los más grandes apagones.

Su voluntad es férrea y quizás ella misma no lo sepa,

pero las situaciones no doblan su valor,

ni su fuerza para caminar incluso entre el fuego y el dolor.

 

A veces ella cree que necesita a las personas,

en realidad somos nosotros quienes la necesitamos.

Literatura·Poesía·Sentires

Los años nuestros son todo, menos eternos

¿Dónde voy a encontrarte cuando el alma te deje el cuerpo?
El día que ya no esté su cabello encrespado,
envolviendo su rostro moreno de ojos negros.

Cuando sus chispadas y ocurrencias no se escuchen
y sus palabras, que me abrazan cuando me siento tan ajena del mundo,
no sean más.

Mil voces han dicho que te hallaré en mi corazón. Pero no escucharé tu voz
dándome palabras luz en plena oscuridad,
ni sentiré la tersura de tus palmas acariciando mi frente.

No estarás allí para creer en mí
como no logro hacerlo yo en veces.

Y no, no todo es duda, tengo algunas certezas:

Como que vida no te la debo,
porque con toda bondad me la regalaste.
Como que podré sentirte
en los rayos del sol sobre mi piel,
pero no estarás…

¿De dónde me viene este dolor si aún irradias vida?
Quizás sea el aceptar que,
como todo lo que coexiste en Tierra,
tú también eres mortal.
Y quiero decir,
ahora que tus ojos me miran y tu boca dice la vida,
que no conoceré ser más amoroso en vida
y que me has enseñado que el amor incondicional
es posible siempre en uno mismo.

Consciencia·Expresando

Excitarse de éxito

Trabajar sin descanso,

en un ir y venir infinito de estímulo-recompensa;

el éxito o fracaso será sólo de uno.

Excitarse de éxito viene acompañado de un peso tremendo…

 

Cargo un peso de dimensiones glaciares,

lo llevo abrazado a mi espalda, pero sigo andando.

La pausa no es posibilidad cuando uno decide seguido,

aventurarse en una nueva locura sin precedentes.

 

Trabajar no tendría que ser el pago por hacer algo,

sino crear y persistir en algo que asegurará la vida

(entiéndase vida por cada pequeña parte de tiempo invertido en lo que nos hace sonreír, permite caminar o, incluso respirar; lo otro, debería llamarse “esclavitud remunerada”, ¿o ya se reconoce así?)

 

Nunca antes aposté por mí,

porque de veras da terror hacerlo

y porque cuesta “trabajo”.

 

Pocos valientes conozco.

Respeto y admiración para ustedes.

Literatura·Poesía·Sentires

40 días y 40 noches

Cuarenta días y cuarenta noches de desértica soledad.

Andando entre arenas de auténtica verdad y demonios aprisionados que ahora se muestran a gritos.

Aquí no hay agua para beber cuando el deseo ataque,

sólo agrietados pechos en derrama de áridas esperanzas;

piezas de romper cabezas,

de un pasado que se muestra sincero;

silencios de tarde que acumulan lágrimas,

las guardan para la sequía del anochecer.

Acompaña el insomnio. En noches de empedernido pensamiento,

aguarda con la cabeza en la almohada,

a Venus y Marte le devuelvan la mirada desde la bóveda celeste.

Decir algo bello

que nada es como espero,

que todo se parece menos a mis sedientas expectativas,

y más a la fructuosa vida.

No olvidar el ineludible lenitivo:

cuando la cuenta termine, finalmente, su olor se te habrá evaporado.

Expresando·Literatura

Que no se me duerma la vida

Cuando se me duerme la creatividad,

de algún modo,

también se me duerme la vida.

Me vuelvo aburrida, dramática, sobre todo.

La clave está en no perderla,

en no soltarle la mano

porque en ella vive la resiliencia.

En mantenerla despierta

para que salpique con ideas

y nuevas estrategias de salvación a todo mundo,

a mí, particularmente.

“¿Eres poeta o drama…” turga?

A veces ambas.

La vida no es lo que esperas, nunca.

Es vida y ya, a secas (y de seca tiene muy poco).

Los agnósticos dicen que nada en Dios tiene sentido.

Que no hay un más allá que el más acá

que no se parece a otra cosa que la vida agria y terrenal.

No es cierto.

Todo tiene sentido en ella

cuando la miras a los ojos y, en este preciso instante, te ha sonreído.

Cuando tus piernas siguen dando pasos

y tus manos contando historias,

y tu corazón escribiendo poemas y dramas.

Pasa que se nos durmió el instinto.

Los otros animales no padecen de estos problemas de la mente;

de la existencial duda de ser o no ser;

ni del por qué así y no asado;

o del por qué ya no me quiere

si antes me amó desenfundada-mente.

Creemos que somos más de lo que somos.

No somos dioses, sí humanos.

Parte de un todo creado por el dios de la casualidad

o del azar, o por el de la física o el de la biología;

seres evolucionados, al fin, por razones que no elegimos.

Elegimos hoy y nada más.

Yo elijo escribir y, ahora mismo, bailar.

Expresando·Literatura·Sentires

Me dio gusto verte, vivo

¡Lo estás!

Tus largas extensiones no mintieron en cada Clin-Clan

que las melodías marcaban a tu cuerpo.

Estabas tan vivo como yo,

cuando deseaba loca todo lo que quería contigo,

ahora sé, eso era: ¡estaba viva!

Pero, para entonces,

escribía con los dedos entumecidos

y bailaba con el cuerpo igual;

hoy soy calor de nuevo y tú, que ya eras estatua glacial,

volviste a sudar bailando en pareja… porque finalmente, la encontraste.

Esta tarde arremetieron contra el presente un montón de “ojalás”.

Les respondí que no escribía ya por ti ni para nosotros,

sino desde esta distancia que me recordó la escarcha

y los silencios que se alargaron hasta mi último mensaje, hasta hoy.

Todo, hizo que la lluvia que me empapó,

no sólo saliera de las nubes, sino de mis lagrimales:

ser tan sensatamente ajenos y lejanos,

sabiendo de buena tinta sobre la profundidad de las cavernas del otro.

Lo que duele no es el tiempo ni sus sentencias,

apena que “ya no hay lugar al que volver, al que querer regresar”.

Las ausencias engañan,

pero fuiste real todos estos años

en que toqué tu piel y sonreí a tu lado izquierdo de la cama;

de ahí la raíz tan efectiva como dolorosa de esta distancia,

Con todo, fue un gusto verte vivo;

la última vez querías despedirte de este mundo.

Sólo queda desearnos tanta danza como nos quepa en el cuerpo,

¡que no se te acabe nunca!

Y agradecerte por revelarla para mí,

también se queda conmigo para siempre.

Literatura

Cartas a Helena (Parte II)

Cosas que no puedo borrarme:
La última vez que te vi con tus bien plantadas y nulas ganas de coger, esas mínimas muestras de amor; las razones por las que todo terminó y esta despedida virtual tan al estilo millennial.

Te dije: “no quiero más nada”. Y es lo que hoy tengo de ti: nada. Eres la desaparición forzada de alguien a quien amo con todo el que soy. No ya como pareja, porque luego de tantos intentos y tanta cosa, uno sabe que no quiere más.

Y no, claro que no sólo fuiste tú. Yo tampoco fui el mejor siempre, y al final de todo es que, creo que simplemente no pudimos.

Es cierto que en momentos te olvido y sonrío y estoy de veras feliz, porque me distraigo con nuevos rostros y voces y su música; con nuevos proyectos que de veras me llaman. Pero cuando bien vengo al silencio, aparece tu ausencia con él y extrañarte se hace rotundo, in-huíble.

Sé que, como muchos otros antes de mí han dicho: mis ojos no volverán a verte y mis manos que te recuerdan bien van a tocarte jamás. Y es que, Hele, los últimos meses (o ya no sé desde cuándo) fueron para mí como vivir en el Ártico siendo auténtico fuego de hoguera. Tenía ganas de ti, de hacernos calor unas horas, con besos, con caricias, con palabras, ¡con puras miradas!

No olvido esos últimos días. Antes de que todo acabara, como si lo supieras, me abrazaste con todo tu amor. ¿Habías vuelto? Me pregunté y seguí: Si me quedara más tiempo, si aguantara un poco más ¿regresarías con todo el deseo y el amor que parecían haberse evaporado?

La cosa es que se me acabó la paciencia. Se me esfumó el qué dar, el quedar. Se nos hizo demasiado tarde, Helena.

Yo quería ser pareja incluso en tiempos de batallas inluchables, en tiempos de hambre, en tiempos de insondables pérdidas y heridas profundas. No para que me besaras con toda la vida entre tus labios, cuando la muerte te estaba acompañando, pero para que supieras que no sólo ella te acompañaba; que mis abrazos no querían caerte como “bofetadas”, y que mis intenciones eran deveras amorosas.

Quería ser contigo alguien que, aún con la muerte, brindara porque al menos y, no tan menos, nos teníamos el uno al otro con vida.

Nunca fui el hombre que necesitabas. Fui el que pude ser y no fue suficiente para cultivar en ti más sueños nuestros.

He tenido mucho tiempo para saber que la vida sigue aunque raspe, hierva y canse; la vida siempre sigue, sobre todo si hay razones alrededor para amarla con todo tu ser, yo sé que hoy las tienes y que por eso sigues con lo tuya. Por ahora, con saber eso me doy por satisfecho.

Siempre te llevaré en mis memorias,

Matías R.