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Ojalá pudiera escribir

He perdido la poesía.

Me abandonó de nuevo y,

quizá esta vez no vuelva.

 

No dijo adiós.

Sólo dejó de venir a mi mano,

dejó de presentarse como cura al daño.

 

Las palabras permanecen en silencio,

sin retórica ni rima que combine

sensaciones y sonidos con palabras.

 

Como si las frases no quisieran

venir a verme en este vacío inapelable.

Cómo si la lírica se hubiera escapado

por el agujero que traigo en el pecho,

ese que, desde hace rato, parece y no estar,

pero que en noches grita que lo escuche

para mostrarme las grietas que la última sacudida dejó.

 

Ese hueco que recuerda la esencia de la vida

y que se hace visible en noches cómo esta,

en que un poema me vuelve a acompañar.

Deja que llueva

Que el río corra y lo arrastre todo…

que mis lágrimas con las flores marchitas

naveguen hasta el océano,

para hallar lugar en sus profundidades;

 

que el hueco en mi pecho

deje de gritar tu nombre

durante esas noches que se alargan.

Fotografía de Mónica Lechuga

Dejar que el agua sacuda la memoria,

tome consigo los agrios momentos,

enjuague promesas inconclusas

y purifique las fantasías futuras.

 

Que llueva a cántaros

y la corriente tome los intentos de amor;

que apacigüe el temor,

humedezca la incertidumbre

de los nuevos mañanas que no incluyen la voz

que noche a noche amé escuchar.

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Poesía al carbón

Es cierto que la poesía a nadie, ni de nada salva.

Sobra lo dispuesto para cada palabra.

El esmero como la intención pura que sale desde el alma,

son papel calcinado en una hoguera.

 

Ella es breve, efímera, puro texto.

Insuficiente es la pasión derramada en las frases,

quizás aquel para quien escribes, no llegue jamás a leerla.

 

Y aunque impetuosos griten los grafemas,

Quizá no alcancen para quedarse tomados de las manos,

ni para acercarle tu deseo como susurro a sus oídos.

 

La poesía no salva.

Un compendio de letras salido del corazón,

lleno de las lágrimas y la saliva ineludible,

no consigue ser escuchado.

 

Las verdades que ocultaste ligeramente entre líneas,

Fracasaron en acariciarle la sonrisa,

en rozar sus intenciones de quedarse.

 

Escuché decir de cierto a un poeta,

que la poesía de nada sirve,

que esa prosa nunca salvó a alguien,

tan sólo, al que la escribió.

Gracias al tiempo

Se desbordan mis ganas de contarte lo que esta tarde

despierta en mis dedos, ojos y boca,

el recuerdo de tu sonrisa blanca de grandes dientes.

 

He de ser sincera.

No consideré nunca la fortuna de un amor así,

colmado con la sinceridad que sólo los niños alcanzan,

pero con la pasión de dos viejas almas que se rencuentran.

 

Este corazón se ama al tiempo que te ama también.

 

Hoy tomo tu mano, sabiéndonos mortales.

Bebo alegría al saberte henchido de júbilo,

al conseguir darte una caricia sincera

o un te amo desinteresado…

 

Pero el deseo de eternizar persiste.

La razón no aguarda, aparece siempre

como advertencia de esta condición humana,

recuerda las pérdidas que raspan en lo profundo,

hasta la memoria césnica.

 

Por eso te miro,

y te busco en los besos más mojados.

 

Para agradecer tiempo y espacio,

maravillosa gracia de compartir siglos o segundos,

de saborear y remarcar las caricias marcadas disfrutadas,

con ese ser único e irreparablemente bello;

 

escuchar tus extrañas ideas, ocurrencias e inocencias,

bailar de nuevo la danza de los enamorados,

o compartir la entrega más bella de cuerpo a cuerpo,

cuerpos que morirán, cuerpos que partirán.

 

El amor trasciende para vivir eternamente.

 

Hubiera esperanza

Nada retorna impávido, nada jamás vuelve como lo vimos irse…

Termina girando en torno al ayer,

y el presente se convierte en la memoria más anhelada.

 

Siempre sujeto a los ojos que no olvidan,

al llanto ahogado que las noches dolorosas cubrieron con vanidad,

abre una grieta ancha, profunda hacia el centro de la Tierra y se oculta.

 

Ocupa el espacio pero no se encuentra,

porque lo perdido se funde con el vacío de lo inexplicable e inalcanzable,

de la sumisión absurda que compensa las heridas.

 

La duda del mañana gana la contienda a la imagen encumbrada antes,

las ojeras no terminan y tampoco los sonidos inexorables de palabras para los oídos voluntariosos…

de la carne dotada con apabullantes gracias.

 

Y con todo, la ingrata novedad que su regreso es aún la alegría de un otoño invernal,

la maravillosa contienda que la vida provoca,

sonrisa que anida esperanza del olvido que madure el corazón

y permanezca la pasión indiferente a la agonía.