Poesía

Eterna salvación

Quisiera poder salvarte.
Cargarte en mi espalda por cuadras
y llevar tus ojos a la cima de una montaña,
para recordarte que tu esencia es el mismo cielo,
y que las flores y el viento fresco viven en ti.

Salvarte…
ahora que has tirado tu escudo, tu espada
y te despojaste de la armadura
para ser devorado por tus creencias y tus miedos.

¿Qué ser despreciable sería?
Si te arrebatara la oportunidad de enterrarte en la oscuridad
para encender tu propia luz.
Sabiendo que en paralelo
me lanzo a un abismo infinito.

La eterna salvación es
la que le debemos día a día al propio corazón.

Mira profundo en tus pupilas
y descúbrete único en las huellas de tu piel.
Recuerda como tus tarsos se hunden en la duela,
y que cuando danzas,
sobre iluminas hasta los confines del universo.

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Consciencia·Expresando·Poesía·Por El Gusto

Filantropía

A veces, creo que el espacio se llena con sensaciones rugosas…

Que la carencia de expresiones saludables en los días,

atrapa el músculo y atrofia cualquier sentimiento que pudiera llegar a la pureza.

Si decides quedarte, adelante.

Pero no repruebes, no reproches con tus actos

hasta consumir al mínimo la mágica proeza filial.

Si se cultivó la oscura semilla en erradas y desolladas noches,

no permitas que germinen, que se las trague la tierra

y que haga con ellas lo que deba…

No las conserves tú, si a mi lado permaneces,

porque será irremediable la cárcel en que viviremos,

y aún somos las alas que la libertad nos dio.

Si decides quedarte, cuando la bondad asome su rostro,

mírala con franqueza y recibe de ella,

la fragosa compasión que abrace tu dolor

e incinere el negro llanto que de tus ojos sigue goteando.

No soy la causa de tu desamor,

si lo soy, será momento de partir.

Soy la risa del espíritu y las llaves de la puerta cercana al cielo.

Si me convierto en lo contrario, sin remedio,

tomaré el siguiente vuelo.

Literatura·Por El Gusto·Relatos·Sentires

Aquella noche…

No vi las estrellas, tampoco la luna. Sólo pude observar el cielo oscuro y enseguida su figura entera. Cada movimiento suyo mientras se dirigía hacia mí con una sonrisa transparente, causaba una emoción loca en mi abdomen, como hormigas dentro un mar que olea contra una pared y otra.

En algún momento, las palabras se volvieron insuficientes, insignificantes e innecesarias. No había nada que decir. Porque todo se sentía y todo sentía.

Yo quería gritar, pero callar. Quería correr y parar; saltar y caer; dormir y estar despierta. Tanto se sublimó que el cuerpo enloqueció. La sonrisa era palpable e inaudita, indisoluble e incontenible. Una tormenta de sentires y pensares: poesía, abstracción, temblor, ambrosía, amor, extensión…

Fueron segundos o minutos de
poco pensar. Las sustancias internas eran tan amigablemente traicioneras que incineraban cualquier juicio o razonamiento. Y fuiste tú, el que me dio la sonrisa aquella noche. Con pequeñas porciones de palabras y pizcas de ideas, te reíste y sentiste conmigo lo que el planeta debió sentir cuando sucedió el chispazo primario de la vida.

Marcó mi vida esa ocasión… Me motivó a decirles a otros sobre esto, sobre la realidad del hecho. Decirles que no se conformen, que no cierren todas sus puertas sólo por mantener abierta una vieja y desgastada que se desbarata a cada abrir y cerrar, que rechina de dolor y miedo en cada mínimo movimiento.

Antes no lo supe, porque no lo conocía —como dije alguna vez—. Pero hoy tengo la certeza de que es posible pero sobre todo, real. Existe.