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Finalmente, muere

He venido huyendo de tristes cantares,

con oídos sordos a llantos y lamentos

que aún se alojan al interior.

El pecho duele,

el sentimiento desaparece.

Se esfuman al tiempo sueños e ilusiones,

verdades y mentiras

que convergen en silencioso entierro;

sin abrazo que alivie

ni dedos ajenos que acicalen lágrimas.

Sin palabras de consuelo

ni caricias compasivas.

En muerte lejana el amor se desvanece,

sin encuentros de rozadura

de quienes mordieron la misma manzana

y abrazaron la misma almohada.

Muere en uno el amor del otro,

sucumbe en la soledad de un silencio catacumbar.

Deja de latir en la distancia

desbordado de sinceras gracias,

y sacude sin medida las consciencias

de aquellos que se amaron con el alma,

para abrir puerta a un nuevo comienzo.

Quizás esta sea la primavera más lluviosa

Hay partes mías que no se resignan a vivir sin las tuyas.

Pero dentro de la claridad, no hay rincón para engaños,
ni espacio para ocultar las dudas,
ahora avergonzadas con cientos de “hubieras”
que se deslizan sin piedad
como cortinas descaradas,
rasgando las paredes.

Los meses siguen dando paso firme,
lanzándome a un vacío lleno de tu silencio;
ese mutismo que abraza por las noches
cuando los pies se niegan a seguir,
y que ha dado respuesta a las incógnitas
que no lograste descifrar para mí.

Pero al presente, no puedo tenerle quejas.
Cada día es un trago al goce,
una sonrisa rebosante de pasión;
una marcha inquebrantable hacia los sueños,
que danzan con la luna
y se escriben en mis desvelos más azules.

Es al pasado que uno quisiera cobrarle:
las noches de ceguera,
los esfuerzos homéricos,
esos meses con la cabeza baja y la mirada perdida;

el imparable caminar de tus pies
bailando hacia una tundra glacial,
cargado de tu desgana y desinterés,
sordo de mi deseo, de todas mis voces…

Reclamarle al fin, este prolongado adiós,
que ha tornado tu ausencia
en constante y dolorosa presencia,
y a los recuerdos el atisbo de la misma.

Se puede estar enfermo de necesidad
y creer que nada se necesita.
Tener lo que se necesita
y sentir que todo falta.

Poesía al carbón

Es cierto que la poesía a nadie, ni de nada salva.

Sobra lo dispuesto para cada palabra.

El esmero como la intención pura que sale desde el alma,

son papel calcinado en una hoguera.

 

Ella es breve, efímera, puro texto.

Insuficiente es la pasión derramada en las frases,

quizás aquel para quien escribes, no llegue jamás a leerla.

 

Y aunque impetuosos griten los grafemas,

Quizá no alcancen para quedarse tomados de las manos,

ni para acercarle tu deseo como susurro a sus oídos.

 

La poesía no salva.

Un compendio de letras salido del corazón,

lleno de las lágrimas y la saliva ineludible,

no consigue ser escuchado.

 

Las verdades que ocultaste ligeramente entre líneas,

Fracasaron en acariciarle la sonrisa,

en rozar sus intenciones de quedarse.

 

Escuché decir de cierto a un poeta,

que la poesía de nada sirve,

que esa prosa nunca salvó a alguien,

tan sólo, al que la escribió.

Filantropía

A veces, creo que el espacio se llena con sensaciones rugosas…

Que la carencia de expresiones saludables en los días,

atrapa el músculo y atrofia cualquier sentimiento que pudiera llegar a la pureza.

Si decides quedarte, adelante.

Pero no repruebes, no reproches con tus actos

hasta consumir al mínimo la mágica proeza filial.

Si se cultivó la oscura semilla en erradas y desolladas noches,

no permitas que germinen, que se las trague la tierra

y que haga con ellas lo que deba…

No las conserves tú, si a mi lado permaneces,

porque será irremediable la cárcel en que viviremos,

y aún somos las alas que la libertad nos dio.

Si decides quedarte, cuando la bondad asome su rostro,

mírala con franqueza y recibe de ella,

la fragosa compasión que abrace tu dolor

e incinere el negro llanto que de tus ojos sigue goteando.

No soy la causa de tu desamor,

si lo soy, será momento de partir.

Soy la risa del espíritu y las llaves de la puerta cercana al cielo.

Si me convierto en lo contrario, sin remedio,

tomaré el siguiente vuelo.

Sin palabras

¿Por qué no me besas con desaforo,

por qué no me quemas con el fuego incendiario de los primeros días?

¿Acaso he sido yo el ahogo de tu desmedido amor,

o el sofoco de tu prolongada paciencia y tu gratitud infinita?

 

Deja mis inmadureces cargadas al infierno,

súbeme al cielo que tocas con el grato gesto de tu rostro.

Salva mis entrañas del fiero devorar

de mis baratas e inacabables ideas.

 

Ámame con desmesura,

olvida las palabras cerriles pronunciadas.

Toma mis manos con el clamor de una mañana tibia,

borra de tus ojos, de tus oídos, de tu cuerpo,

las punzantes líneas que expulsó mi boca en noche desafortunada.

 

O bien, vete si te place,

ve a donde respires la alegría en el viento,

a donde dancen tus pies con pasión y no gracias al oprobio de las lágrimas…

Vete si ahora ocupas un lugar que te consume la felicidad

cual vela expuesta a un constante flamear.

 

Por estos ojos, yo hablaría para pedirte que insistas,

que no desgajes las pasiones nuestras,

que no nos duermas en el olvido pesaroso de un jamás.

Que estalles frente a mí

con todos los dientes de la rabia, si es preciso para la lucha.

Que avasalles los tropiezos con arduas sacudidas,

por ti, por mí, por nosotros;

por los días que se fueron y por los que vienen.

Si tu voluntad y tu aliento me aclaman con inagotable gana,

quédate sentado a lado mío, aunque seas críptico silencio…

Tu cuerpo, siempre ha dicho más que tus palabras.

El beso del ayuntamiento, París, 1990.  Atelier Robert Doisneau
El beso del ayuntamiento, París, 1990.
Atelier Robert Doisneau