Para los que no me conocen, me presento:

De nombre Mónica y leguminoso apellido, Lechuga. Sin olvidar el Velasco, del abuelo que prefirió dejar su talento de pintor en silenciosas pinturas; y el Gamboa –que llevo en la sangre- de la abuela que, voluntaria o involuntariamente, vino a dejarme sus letras.

Todo esto comenzó cuando por vez primera logré ordenar letras de manera que, en un acto mágico-místico, hice aparecer mi nombre en un gafete: MONICA (sin acento). Recuerdo haberlo repetido en plana. ¡Qué fascinación verlo allí! Como si escribirlo una y otra vez, me hiciera más real, más tangible, ¡más existente!

Digo que ahí comenzó esta amada y “mala” maña de escribir, aunque quizá fue en mi cumpleaños número nueve, cuando me regalaron un diario y me vi ahí plasmada contándole a Sara, obsesivamente mi día y noche. No lo sé, pero el hábito siguió como mero desahogo, luego fue búsqueda de la expresión más fiel de mis sentires y, finalmente, se ha convertido en el arte que me ata a la vida.

La honestidad ha sido luz que ilumina mi sendero, no hay manera de SER si no se le toma fuerte de la mano. Por eso, lo que hago lleva impreso cierto toque de franqueza y genuinidad. No habrá otra Mónica Lechuga Velasco, ni otras voces de la misma; voces profundas que la escritura me invitó a poner en cuadernos para convertir en poemas o cuentos y que, desde hace varios años publico en este sitio.

“Eme” aquí frente a ustedes, para contarles sobre todos estos colores que he escrito desde 2012 y que seguiré escribiendo hasta el fin de mis días.

Eme Lechuga