Ojalá pudiera escribir

He perdido la poesía.

Me abandonó de nuevo y,

quizá esta vez no vuelva.

 

No dijo adiós.

Sólo dejó de venir a mi mano,

dejó de presentarse como cura al daño.

 

Las palabras permanecen en silencio,

sin retórica ni rima que combine

sensaciones y sonidos con palabras.

 

Como si las frases no quisieran

venir a verme en este vacío inapelable.

Cómo si la lírica se hubiera escapado

por el agujero que traigo en el pecho,

ese que, desde hace rato, parece y no estar,

pero que en noches grita que lo escuche

para mostrarme las grietas que la última sacudida dejó.

 

Ese hueco que recuerda la esencia de la vida

y que se hace visible en noches cómo esta,

en que un poema me vuelve a acompañar.

Finalmente, muere

He venido huyendo de tristes cantares,

con oídos sordos a llantos y lamentos

que aún se alojan al interior.

El pecho duele,

el sentimiento desaparece.

Se esfuman al tiempo sueños e ilusiones,

verdades y mentiras

que convergen en silencioso entierro;

sin abrazo que alivie

ni dedos ajenos que acicalen lágrimas.

Sin palabras de consuelo

ni caricias compasivas.

En muerte lejana el amor se desvanece,

sin encuentros de rozadura

de quienes mordieron la misma manzana

y abrazaron la misma almohada.

Muere en uno el amor del otro,

sucumbe en la soledad de un silencio catacumbar.

Deja de latir en la distancia

desbordado de sinceras gracias,

y sacude sin medida las consciencias

de aquellos que se amaron con el alma,

para abrir puerta a un nuevo comienzo.

La voz del cuerpo

Que las palabras antes pronunciadas,

las hable ahora el cuerpo.

Con sola presencia y lúcida danza,

que grite desbocado

lo que calló durante meses nebulosos.

 

Que dibujen los cuerpos

figuras en la oscuridad,

y palabra con movimiento tomen lugar

juntos en la habitación soñada.

 

Mil sueños se realicen esta noche

a ritmo suave y ceñido,

caminando hacia lo profundo

en la caverna donde crecen inefables deseos.

 

Que converjan los tiempos en uno sólo…

Explotar de cascabeles y campanillas,

entre lenguas que paladean

el vaivén salado de exquisitas mareas.

Mujer inmortal

Cuando ella muera, no morirá.

Se quedará en las personas

que bebieron el corazón del kakaw

mezclado y entregado por sus manos…

Tragos sagrados de aquella noche

que abrieron puertas ancestrales

y los ojos del alma de quienes se sentaron

dispuestos en el círculo de amor.

Cuando ella muera, no morirá.

Se quedará en las voces que cantaron su tristeza,

arrojaron la rabia al fuego y bailaron la felicidad.

Cuando el espíritu renace,

vida se suma al presente.

*Dedicado a una gran mujer que eligió el arduo camino de la consciencia*

Yo soy la soledad

Aparece discreta cuando todos se han ido.

Valerosa se coloca a un costado tuyo,

en el espacio de la cama que él dejó vacío.

 

Por las mañanas, danza contigo.

Durante la ducha, te sonríe en el espejo

y por las noches, entre sus brazos te acoge

cuando las lágrimas no paran de llover.

 

Huida y temida por todos,

es ella quien nos vuelve reales,

de donde brota nuestra transparencia.

 

Nos habita y, a cambio de su compañía,

entrega fortaleza.

 

Ella te recuerda no olvidar quién eres.

Eres, tu soledad.

 

“Colores que se cuentan. Breve compliación de poesía”. Copyright © Todos los Derechos Reservados