¿DE QUIÉN ES EL TIEMPO?

Miles de preguntas acechan mis días, pero algunas especialmente roban mi sueño:

EL TIEMPO… ¿en dónde nace?

¿Quién controla este recurso irrecuperable?

¿Quién, cuándo y cómo decide que el nuestro cambia o se acaba?

¿Será que sí? Que las tres ‘Moiras’ en el oráculo griego, aguardan el momento con tijera en mano,

para cortar hilos de vida y marcar tiempos finales con cortes de peluqueras infalibles.

 

¿Quién, al nacer nos coloca en el pecho un destino numérico determinado?

Gabriela Mistral: 595mil 680 horas

Julio Cortázar: 613mil 200 horas

Rosario Castellanos: 429mil 240 horas

Tin Tan: 508 mil 80 horas

Chabelo: 1 millón 735 mil 840 horas…

 

¿A dónde van los minutos que pasamos inertes, inmóviles ante la vida?

¿El tiempo que pasé dormida, ciega, sin querer despertar de una falsa realidad?

 

Ochenta y un días han pasado desde que mi pecho se volvió de roca,

aquel día que me dijeron: “la atropelló el Metrobús”.

No entraremos en detalles. Nadie quiere oír sobre terapia intensiva,

ni sobre el dolor y el temor de ver a tu madre postrada,

conectada a unos tubos y tú, ahí nomás, sin poder hacer nada.

 

El tiempo parecía habérsele esfumado, pero Cronos, Dios o quién sea que lo controle,

decidió que no, que le enseñaría a pelear por más y si ganaba,

le regalaría una buena dosis de horas extra.

Con la lucha que llevó entre respirar o morir, no sé ya cuántas le quedan a deber,

pero aquí está y la miro sentada, ansiosa por salir a gastar esos minutos de una vida que

comienza otra vez.

 

Después de mil 944 horas, pude abrazarla una vez más y sentir el calor en su pecho,

sin miedo a lastimarla o romperle otra costilla. Y hoy pude escucharla reír de nuevo.

Ni siquiera recuerdo la última, porque la última vez que la vi fue un jueves.

Tenía yo veinte minutos y corrí para estar con ella treinta.

Dijo que alguien leyó su mano y esta era su última vida:

“Aprovéchenme porque ya no me queda mucho tiempo. En menos de cuatro años, ya me les fui”.

Después de un salto cuántico y haber renacido en el tiempo,

ahora quiere usarlo en hacer de cada acto el más consciente,

sobre todo, de ese que la salvó y que nos ocurre a todos ahora, sin notarlo:

RESPIRAR.

 

Ella me ha enseñado que ni los dioses ni nadie,

el tiempo es de quien lucha por vivirlo.

 

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