Expresando·Literatura·Sentires

Me dio gusto verte, vivo

¡Lo estás!

Tus largas extensiones no mintieron en cada Clin-Clan

que las melodías marcaban a tu cuerpo.

Estabas tan vivo como yo,

cuando deseaba loca todo lo que quería contigo,

ahora sé, eso era: ¡estaba viva!

Pero, para entonces,

escribía con los dedos entumecidos

y bailaba con el cuerpo igual;

hoy soy calor de nuevo y tú, que ya eras estatua glacial,

volviste a sudar bailando en pareja… porque finalmente, la encontraste.

Esta tarde arremetieron contra el presente un montón de “ojalás”.

Les respondí que no escribía ya por ti ni para nosotros,

sino desde esta distancia que me recordó la escarcha

y los silencios que se alargaron hasta mi último mensaje, hasta hoy.

Todo, hizo que la lluvia que me empapó,

no sólo saliera de las nubes, sino de mis lagrimales:

ser tan sensatamente ajenos y lejanos,

sabiendo de buena tinta sobre la profundidad de las cavernas del otro.

Lo que duele no es el tiempo ni sus sentencias,

apena que “ya no hay lugar al que volver, al que querer regresar”.

Las ausencias engañan,

pero fuiste real todos estos años

en que toqué tu piel y sonreí a tu lado izquierdo de la cama;

de ahí la raíz tan efectiva como dolorosa de esta distancia,

Con todo, fue un gusto verte vivo;

la última vez querías despedirte de este mundo.

Sólo queda desearnos tanta danza como nos quepa en el cuerpo,

¡que no se te acabe nunca!

Y agradecerte por revelarla para mí,

también se queda conmigo para siempre.

Cartas·Literatura·Relatos

Mucha dignidad en conocerte

Hoy me detuve en uno de esos puestos de lectura del Metro y entre muchos parecidos, elegí el libro que más me llamó. Por pelado azar me encontré con la poesía del que llamas “MyLove”: Alí Chumacero.

Te pensé… Recordé esa mágica noche de abrazos de piernas en que sacaste de tu mochila un libro que tenía como promesa: apabullarme (la misma noche que me hablaste sobre la llave del deseo). Leías a tu escritor predilecto a diestra y siniestra, sin piedad; mientras que yo me revolcaba en fantasías sobre nuestras futuras aventuras como amantes de las letras que se dan todo el amor.

Me escuchaba nombrar entre líneas, quizás forzada, quizás anhelante. Mi mente danzaba al compás de tu voz y tus palabras guiaban una noche de auténtico placer. Espejos al fin (excepto por lo genuino de mi bondad, que es sólo mía), sabías por dónde.

Esa noche de desnudez literaria, pude leerte desde la esencia, desde el lugar en que juegan los niños y las aves cantan. No leí más que la naturaleza de un hombre fascinante que me llamaba a descubrirlo. Dispuse mis oídos para ti, para verdades y mentiras.

Se sentía como unión, como afección y efusión; como la música compartida que salía desde algún lugar en lo profundo de uno para llegar a merecedores oídos del otro.

Un día, luego de escucharte nombrar la posibilidad futura de nosotros y de mezclarla bien con otras frases que la alentaban, dejé caer mis armas sobre la mesa.

Elegí creerte y ponerme en las manos de las vidas pasadas y futuras que ya me había inventado contigo. ¡Mi talento para contar historias no tiene límites! Me conté una todavía mejor que la de Francesca da Rímini y Paolo Malatesta.

Me equivoqué y, tras el error, me enrabié de la verdad que era yo en realidad: La fantasía perfecta de un guapo personaje que placera lo prohibido; la constante estimulación intelectual y el camino hacia la excitación sexual; una tentación de amor de artistas, pero imposible como los descritos por Strindberg (como bien lo dijiste).

A estas alturas, ¿cómo estar segura que siendo el Arquitexto que eres, no trazabas cada palabra antes de usarla? Ni premeditabas cada movimiento, para conseguir éxito en tus intenciones.

¿Cómo saber qué número de chica a la que sonreíste con esa coquetería que te queda preciosa, sería yo?

¿Llamarte amor mío cuando pude leerte de prólogo a fin hasta hallar la verdad? “El amor” quería de mí puro ardor en momentos apabullantes pero fugaces…

Estar contigo ha sido el error más memorable cometido en la historia de las Lechugas. Me llevé al fondo, necesitaba sacarme del agujero para recordar mi talento nada inútil en aprender de lo que quema y raspa. Y ahora, aquí afuera, estoy segura que no quiero tropezar con ninguna otra almendra para recordar mi sabor y saber ofrecerlo a quien quiera degustarlo completito.

Seguro que escribirás, (¿escribes?) sobre esto, sobre la que pudo ser una gran historia, pero no llegó a más que uno que otro atisbo de delicias.

No creo en ridículos “hasta nunca/siempre”, pero después de tanto y todo lo que ha sido para mí, no deseo encontrarnos. Eres un hombre peligroso; la distancia es mi cómplice y la soledad, por ahora, mi mejor encofrado.

Yo digo: GRACIAS, por lo compartido de una cabeza a otra; de piel a caricia; de corazón a mente. Ahora sé lo necesario para fracasar hasta excitarme de éxito.

De genio a genio y porque sí, también te quiero, deseo que cada día en la vida recibas un abrazo de amor colosal y, cuando los necesites, besos de liberación.

Me enamoré de ti, de tu espíritu que podía tener cualquier otro nombre y ser, desde allí donde su movimiento crossfitero habla con verdad y la mentira es un artilugio nulo porque no existen necesidades, ni soluciones a problemas, ni lujos, ni usos, ni desusos, sino compañías y existencias que se placen de ser y existir, juntas.

Quizás algún día sepas que el amor es la fuente indiscutible de todo lo cierto.

Un amasijo de enseñanzas desmesuradas y yo,

una Mónica Lechuga ya no dada al catre que

contigo aprendió a querer lo que merecía.

Abrazo de verdades.

Eme Lechuga