Literatura·Relatos

Mascaraje

Al fondo, alegres violines y un teclado hacían sonar La chica de Ipanemaun de Monna Bell. Una copa del exclusivo Oppenheimer blanco apareció frente a mí; bebí hasta la última gota de un sorbo y sin recato. Tres días pretendiendo ser apasionada periodista de negocios habían sido arrolladores.

Horas antes, pensé que sólo en el metro podría sentir tal repugnancia, hasta que allí frente a mí, emergió de la nada Iris Córdoba: –Un verdadero gusto conocerte. Soy manager de Jorge Ramos. Qué bueno que nos acompañen –dijo con voz y sonrisa gruesas, mientras que yo trataba de no mirar demasiado las patas de araña que se le movían a cada parpadeo.

Cargaba en su rostro cerca de tres kilos de maquillaje; dos de sombra morada, negra y verde, y uno de rímel espesamente colocado en sus falsas pestañas. Reía a discreción mientras el rubor anaranjado, como estampado en las mejillas, se embadurnaba con la máscara color carne que tenía sobre la piel. Qué alivio no haber usado maquillaje aquel día, ella ya traía puesto el mío y el de otras dos mujeres, también.

Traté de poner mis ojos no en su falda negra restregada que dejaba ver como su apretada ropa interior le hacía divisiones extrañas en el cuerpo. Con ella, mantener el morbo inerme era hazaña heroica. Logré volar mi vista a otro lugar; sin embargo, a donde quiera hallé lugares inhóspitos para un alma creadora.

Ahí podía hablarse de cualquier cosa, pero no sobre el cándido sueño de convertirme en bailarina, ni sobre la maravilla de leer aquel texto guatemalteco que deleitaba mis días; o contarles sobre el escritor de verdes ojos y hermosa voz que me traía vuelta loca; y mucho menos comentar lo basura que me parecía eso de vivir de vender basura.

Ocultar mi fulgor de siempre era mejor opción, inmersa en un lugar de encuentros hostiles en que todos acostumbraban a ocultar el suyo con ropas caras, joyas, cosmética y conversaciones intrascendentes.

Iris me encajó una mirada como de quien sabe. Tragué un fino bocadillo que cayó como golpe a mi estómago: la soberbia ocupaba mayor espacio en mí del pensado; la verdad en la máscara de aquella mujer me resultaba ofensiva porque ambas estábamos usando una.

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