Literatura·Poesía·Por El Gusto·Sentires

Sin palabras

¿Por qué no me besas con desaforo,

por qué no me quemas con el fuego incendiario de los primeros días?

¿Acaso he sido yo el ahogo de tu desmedido amor,

o el sofoco de tu prolongada paciencia y tu gratitud infinita?

 

Deja mis inmadureces cargadas al infierno,

súbeme al cielo que tocas con el grato gesto de tu rostro.

Salva mis entrañas del fiero devorar

de mis baratas e inacabables ideas.

 

Ámame con desmesura,

olvida las palabras cerriles pronunciadas.

Toma mis manos con el clamor de una mañana tibia,

borra de tus ojos, de tus oídos, de tu cuerpo,

las punzantes líneas que expulsó mi boca en noche desafortunada.

 

O bien, vete si te place,

ve a donde respires la alegría en el viento,

a donde dancen tus pies con pasión y no gracias al oprobio de las lágrimas…

Vete si ahora ocupas un lugar que te consume la felicidad

cual vela expuesta a un constante flamear.

 

Por estos ojos, yo hablaría para pedirte que insistas,

que no desgajes las pasiones nuestras,

que no nos duermas en el olvido pesaroso de un jamás.

Que estalles frente a mí

con todos los dientes de la rabia, si es preciso para la lucha.

Que avasalles los tropiezos con arduas sacudidas,

por ti, por mí, por nosotros;

por los días que se fueron y por los que vienen.

Si tu voluntad y tu aliento me aclaman con inagotable gana,

quédate sentado a lado mío, aunque seas críptico silencio…

Tu cuerpo, siempre ha dicho más que tus palabras.

El beso del ayuntamiento, París, 1990.  Atelier Robert Doisneau
El beso del ayuntamiento, París, 1990.
Atelier Robert Doisneau