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Carrera Estelar

Largas se sintieron las horas desde el amanecer hasta que la tarde atenuó los rayos del sol. Eran las quince horas, las montañas rodeaban el valle y el cielo con sus tintes destellantes de sol insinuaba el cercano comienzo de las carreras de caballos, evento ansiosamente esperado por el pueblo de San Andrés Timilpan, ubicado en el Estado de México, rumbo a Querétaro. Habría que dirigirse cinco kilómetros al sur del pueblo, al lugar donde la galopada se llevaría a cabo.

Durante todo el día se oyeron rumores y preguntas sobre los caballos, sus dueños y los jinetes que cabalgarían esa tarde en la corrida. Afuera de la tiendita local: “La Lupita”, los comentarios no se hicieron esperar.

─ Pues sí, Chentito, Chentito va a correr a la Yegua, a ver cómo le va ─recargado en el tubo de su carrito de helados, habló el joven y pequeño vendedor─.

─ Pero dicen que está preñada, no vaya a serla de malas oiga ─dijo una señora regordeta de más de 50 años de edad, mientras pagaba su helado de limón.

Las tres treinta de la tarde. Tumultos de gente a lo largo y ancho del extenso y seco terreno; niños, mujeres y hombres formando círculos por separado. Risas, bullicio y emoción llenaban la superficie. Las texanas claras, las camisas casi transparentes; botas de piel vaqueras, cinturón de piel café con hebilla redonda al centro y pantalón de mezclilla, vestimenta obligada de los caballeros presentes en el evento.

Los caballos, atados a sus remolques o a sus dueños, esperando su momento para participar. A un costado, la laguna pantanosa, nada inquieta. Y al centro del inmenso campo, tres largos carriles construidos con tubos blancos de metal que abarcan unos quince metros de largo. Al final hay un fotógrafo, listo para presionar el botón que dará la victoria a unos de los caballos.

Son diez para las cuatro, comienzan las apuestas, los gritones con los boletos en las manos:

─ ¡Apuéstele chinga! ¡Ándele compadre, es par ‘ora! ─dice un señor de gran estatura a otro de aproximadamente un metro con sesenta que se encuentra de frente a él.

─ Pero, ¿cuál es el bueno compadre? ─responde mientras suelta una gran carcajada.

Todos colocados a las orillas de las barras de metal que determinan los carriles. ─ ¡Esto está a punto de comenzar! ─grita  un hombre alto de gran barriga, con un megáfono en su mano. Hay un disparo─ Y ¡arrancan!

El ruido se acrecienta, las personas gritan alebrestadas, brincan y desesperan, como si se les fuese la vida entera en cada galope de su caballo predilecto. La rapidez es inaudita, las pisadas levantan la tierra que pisan. Los jinetes se aprietan a sus caballos y atizan el paso con apretones de sus pies a la panza del caballo y con golpes de fuete.

Los dos caballos están parejos al frente, la yegua retrasada, en desventaja. Máxima velocidad. Click a la foto. Gana el caballo del primer carril. La yegua sigue corriendo, avanza sin detenerse, tira al jinete, se ha desbocado. Galopa como pidiendo libertad. Por fin “Chiripa” se detuvo, desgraciadamente por una cerca de alambre de púas.

El terror es visible, todos los presentes avanzan al lugar del accidente. “No es nada, no es nada. Ya se levantó el jinete y la yegua está ahí tirada, pero ya la están viendo”, dice un señor chaparrito y de gran barba en tono elevado. Todo se calma, la gente regresa para ver las otras carreras, porque aunque ésta haya sido erizante y la carrera estelar, las apuestas siguen esperando  ser cobradas.

 

Imagen tomada de la web
Imagen tomada de la web

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